Y se olvidó de reír. Cuentan que era estrella, pero algo acabo con ella.


  Ahora las noches son mucho más frías. Arañan las entrañas. Aeropuertos, estaciones de tren. Unos vienen y otros se van. Y el dolor que esto conlleva. El pánico a marcharse y el miedo a regresar de nuevo al pasado. Los días se escurrían entre los dedos como si estuviera abierto el abismo por el que se nos escapa el tiempo. Como si los momentos quedaran apilados en un bloque. Un bloque indivisible. Como si ahora solamente se deba seguir la corriente. Sin encontrar un lugar, tranquilo, en el que pararse a reposar.

  El micrófono huele a cerveza. Ya he perdido la cuenta de las veces que afina su guitarra antes de ahogarse en canciones tristes a las tantas de la madrugada. Y los punteos de las cuerdas chirrían dentro. Muy dentro. La voz rasgada, cansada. Daños colaterales en el juego de no entenderse. Que los recuerdos destruyen solamente al recordar ese olor y luego no sabes cómo deshacerte del mundo. El equilibrio se perdió al buscar un atajo. Una vía de escape. Y así pasan las horas. Y suena otra introducción, una introducción a un nuevo caos. Toca otra vez viejo perdedor, haces que me sienta bien. Otro portazo. Otra puerta se cierra. Y por aquí no hay ventanas para abrir. Ojala olvidar fuese más sencillo. Y que borrar a ciertas personas no diera reparo alguno. Cegados. El muro que estamos levantando cada vez es más alto. Nos perdemos en nuestros problemas. Y nosotros nos perdemos el uno al otro. Al final, siempre divididos.


  Y se olvidó de reír. Cuentan que era estrella, pero algo acabo con ella.