Un año más.


Champan, uvas. Miro a mi alrededor y observo a algunas de las personas más importantes de mi vida sonriendo. Y así, instintivamente, sin poder evitarlo, yo también lo hago. Los kilómetros que nos separan el resto del año se esfuman. Alguien más comparte ese momento con nosotros en el salón, desde el hogar, rodeado de flores y velas. Como solamente él se merece, como se lo gano.

  Doce fechas, metas, deseos repartidos entre campanadas. El de dejar de fumar, obviamente, ha sido el mayor fracaso de todos. Pero dentro de unas horas me lo volveré a proponer. Otra crónica de un fracaso anunciado. Y los logros también se acumulan en mi bolsillo. Parece mentira que yo diga esto ¿verdad? He ganado mucho más de lo que he perdido.

  Las personas vienen. Algunas te calan profundo y se van. Otras se quedan. Otras vuelven. Otras te marean más que el jodido Dragon Khan. Otras se hacen de rogar. Y a otras les pegarías una palmada en la cara cuando sacan su orgullo. Otras permanecen, siempre.

  Y hay que levantar la copa y sonreír. Por todos los de este año. Hay veces en las que de repente te sorprendes y en ti mismo encuentras gestos, maneras, miradas, caricias…y otros muchos detalles que de alguna forma, son de alguien que paso por tu vida. Hay veces en las que sin darnos cuenta nos convertimos en pedacitos pequeños de todos aquellos que nos rodean. Hay momentos en los que es maravilloso sentirse parte de algo o de alguien. Y también hay veces en la que me es imposible no contar contigo, sencillamente porque formas parte de mi.

  Si algo he aprendido es que tú decides si te caes y te levantas o si permaneces siempre atascado. Que en las historias el problema no está en tropezar con la misma piedra, sino en cogerle cariño a la piedra. Que depende de ti si vas a vivir arrodillado toda tu vida o vas a tener el suficiente valor para alzarte.

  Yo me quedo con este año sin duda. La distancia pone cada relación en su lugar. Las amistades verdaderas las agarra con fuerza y ganas de volver a reencontrarse. Las falsas se esfuman por la puerta trasera. Me quedo con la unión de mis trece pequeñas. Con las que es imposible no dejar de reír hasta llorar con sus anormalidades y llorar hasta reír con sus consejos. Con sus abrazos a fuego. Con sus besos y sus gritos que desquician a cualquier persona. Me quedo con mis cuatro, con mis caquis. Y aquí, es donde sobran las palabras. Me quedo con el subnormal con el que el que discuto a todas horas, que me desquicia viva. Pero luego viene, se me tira encima, me abraza y me da besos asquerosos y a mi me es completamente imposible evitar la risa. Con el apoyo y la compresión de esa chica tan frágil a simple vista y tan fuerte en el interior. Con el que se queja de que nunca le digo que le quiero, pero que él sabe perfectamente que sí. Con que el a pesar de mis cambios de humor, sigue ahí y no se imagina todavía lo importante que es. Me quedo con este verano, que me ha hecho muchísimo más fuerte. Me quedo con todo lo que me queda por vivir en Pamplona y todas las personas que me quedan por conocer bien todavía.

  Y de repente ocurrió. Encontré mi sitio y todo lo que necesito para seguir adelante.

  Da igual en que momento estés de tu vida, si estás leyendo esto, sonríe, porque significa que estás viviendo.

  
  Yo en el el 2014 pienso seguir en mis treces ¿y vosotros? 

  ¡Feliz año!











Y ahora te propongo un reto: dale al Play y allá vamos.

  “Nadie a simple vista podía saber todo lo que escondía. Unos ojos verdes. Verde que se volvía más claro cuando lloraba y más oscuro cuando se enfadaba. Ella sabía quién era, pero no quería que nadie más lo supiese. Esa chica que sabes desde el principio que va a traer problemas. Mezclaba pasado y presente todo en uno, con fuerza, por un momento.”

  Hay canciones que tienen una historia, ya me entiendes. Y ahora te propongo un reto: dale al Play y allá vamos.

  Construimos lazos, que en ocasiones parecen fuertes. Sin embargo una racha de viento, de tormentas o como quieras llamarlo, los deshacen. Deshilachan todo. Nacen agujeros de las expectativas que algún día me cree. ¿Que las palabras duelen más que un puñetazo? Cierto. Duelen más que cualquier daño físico. Los reproches se clavan hasta el fondo. Y por la noche, cuando estoy realmente sola, es cuando retumban con más fuerza todavía si es posible.

  Hay situaciones que rompen los esquemas. Y me juraba a mí misma que sería la última vez. Hasta que parece que lo ha sido. Y ahí viene lo jodido. Me gustaría darle una palmadita en la espalda a tu orgullo y una patada al mío.

  Lo siento pero una persona no puedo escapar de sus instintos. Me he prometido tantas veces a mí misma, y a ti, eso de cambiar. Pero nunca se puede evitar lo que eres. Todavía no he encontrado la estabilidad que me ate a como me gustaría ser. Hay cosas que se llevan dentro, mucho más adentro de donde te puedas imaginar. Pero ¿sabes? Hay tantos errores como días tiene el año.

  Eso de echar un velo tupido sobre la situación y el decirme a mí misma que nada ni nadie es imprescindible en esta vida no funciona. No hay velo más transparente que el de engañarse a una misma.

  Solo sé que el existe, que ha pasado por mi vida como todas esas cosas, no para quedarse, sino para recordarme que hay momentos que merecen la pena ser recordados. Las cosas llegan, nos llenan y se van. Se esfuman y yo, mientras tanto, me quedo con cara de gilipollas.

  Porque esas personas están hechas para eso, para recordar. Personas que se enquistan. Estuviste en mi vida, te lo agradezco.


  Que las pérdidas son ganancias. Dicen. Pero, a saber. Te saluda una de las especialistas en cagarla, querer tirar la toalla y luego arrepentirse. Claro. 

Espirales.

  Que la vida está repleta de sin sabores, de sin sentidos. No es nada nuevo. Es algo tan obvio… Que los palos vienen de golpe. Es como si un saco de mierda te cállese encima. Te empapa y embadurna sin saber cómo encontrarte, como seguir. Hay portazos que duelen, duelen en lo más profundo. Te pegan en toda la cara y eres incapaz de articular una miserable palabra. Silencios que se clavan hondo. Profundo. Hay palabras que duelen mucho más que un puñetazo. Hay circunstancias que superan el límite. Que hierven la sangre.

  Débil. La música a saber a cuantos decibelios para que los pensamientos destructivos se esfumen entre los acordes y las palabras. Frágil. Los cigarros se consumen y la humareda me niebla la vista en las noches en las cuales los recuerdos brotan y se mezclan con las cenizas. Rotos. Por dentro. Me gustaría ver a los “fuertes” tras la puerta de su habitación.

  Espirales. De silencio. De vacío. De mediocridad. De angustia. De incertidumbre. Se tornan más oscuras y tristes conforme van girando.

   Y aquí seguimos, esperando a que alguien venga a sacarnos de nuestra propia espiral. La que nosotros mismos hemos creado. Una mano que te eleve, que te levite como sea. Pero nadie aparece. Y si asoman rayos de esperanza, cerramos los ojos. Nos volvemos repentinamente ciegos. Estamos tan jodidamente absortos que no somos capaces de ver que muchas veces las desgracias vienen acompañadas de alegrías que dejamos pasar, que se esfuman.

  ¿Y el valor? ¿En que jodido lugar de la historia queda? Se visualiza tan lejano. Tan ajeno. Tan extraño. Se encuentra entre los valientes, los que ya no están en este mundo. Está con ellos. Ahí arriba. Metafóricamente hablando claro, no confundamos esto con falsas creencias. Se encuentran al final del camino torcido, el de las piedras y las zarzas, no tras el camino recto y previsible. Esta para aquellos que a pesar de las caídas todavía tienes ganas y fuerzas para levantarse, sonreír y seguir adelante. Que tienen el valor de volver a equivocarse.

  ¿Y ya que estamos porque no hablar de lo de dentro? El ser humano, tan previsible y calculador intenta poner palabras a todo. Pero si algo he descubierto es que no tenemos palabras suficientes para describir sentimientos. Pueden ponerte el artilugio más extraño del mundo frente a las narices y seguro que ya han encontrado un nombre para definirlo. Pero que nadie venga a definirme ni a mostrarme unos prototipos sobre lo que es el amor, la amistad, el cariño, los celos, el odio. No me vale. Amigos, hay cosas que no se pueden establecer dentro de unos límites. Que no se pueden definir, ni tocar. Que no las nombremos no significa que no existan. Y la verdad, están bien así. 

  Ya no me vale eso de "esto es la vida y toca aguantar" ¿Qué llueve? Claro. Y truena. Y nieva. Y se enfrían las cosas, se hielan. Pero hasta donde yo se existen paraguas y fuego para remediarlo.