Que el orgullo ya se ha tirado por la borda. Se ha suicidado.

  Imagínate perderle. De la manera más letal que existe, sin poder decir adiós. Y que las palabras queden flotando en el abismo que te separa de él.

  Que cuando las pesadillas afloren no estará ahí para abrazarte hasta que vuelvas a sumergirte en la oscuridad de la noche. Abarrotada de su olor. Los inviernos volverán a ser fríos porque aunque no te dieras cuenta esa persona los hacía menos duros.

  Tirar de una botella. Conforme más duele te inundas de tragos más largos y más profundos. Aun si cabe todavía. Que lleguen hasta bien dentro. Hasta donde pocas cosas en tu vida han sido capaces de llegar. Bienvenida a la espiral de las contradicciones bonita.

  Cogería cada una de las piezas e intentaría reconstruir todo. Crear mi propio baúl de cosas pequeñas y a la vez importantes. Pero al llegar a este punto me doy cuenta de que no tengo nada, que los recuerdos se esfuman de mis manos. Que gilipollas podemos llegar a ser. Las cosas pueden estar refugiadas del olvido pero nunca nos paramos a analizarlo. Las prisas de la calle, las prisas de la gente. El oír pero no escuchar. El vivir pero no sentir.  Debería haber cosas por las que no pasara el tiempo. El recuerdo es el único paraíso del que no podemos ser expulsados.

  Y al final te das cuenta de cuán importante era. Porque existen personas que entran en tu vida para cambiarlo todo. Personas por las que vale la pena parar, respirar y valorar. Valorar lo que realmente importa, los detalles, las pequeñas cosas. Las personas que hacen que nada importe y que a la vez todo empiece a importar.

  Te cuestionas que hubieses hecho si pudieras retroceder en el tiempo. El problema es que no puedes hacerlo. Que el orgullo ya se ha tirado por la borda. Se ha suicidado. Pero demasiado tarde.


  Hay dos desgracias en la vida de todo ser humano: no tener a quien querer. Y la segunda: tenerle.