Que la vida ya es demasiado dura como para darle el gusto de que nos deje atrás.

  La vida al fin y al cabo es como una montaña rusa. Y jamás vas a saber con certeza que va a pasar, que deberías esperar. Ni tan siquiera en qué lugar vas a estar. Hay días que rozas el limbo pero sin previo aviso sales disparo, cuesta abajo y sin frenos hacia un abismo brutal.

  Pierdes. Y ganas, aunque solo creas que sea de vez en cuando. Y es que aunque piensas que es lo mejor para ti, siempre quedan restos al abandonar algo. Solo aprendes a vivir sin él pero en el fondo nunca olvidas del todo. Cuesta asimilarlo, ya que ante pequeñas cosas en tu cabeza se activa automáticamente un chip que te hace recordar. Miles de manías, de palabras, de gestos. Y es que al fin y al cabo somos pedacitos pequeños de todo aquello que algún día nos rodeó.

  Quizás hay personas que se merecen otra oportunidad pero la certeza está en que deberías dártela a ti mismo. Nos olvidamos de nosotros mismos. De las oportunidades que no nos damos. Nunca somos lo suficientemente buenos, o lo suficientemente fuertes. O tal vez, quizás, lo suficientemente valientes. En el fondo todos tenemos miedos, y nos ahogamos gritando en silencio en lo más profundo.  Pero siempre nuestra primera opción es la negativa. El desvalorarnos a nosotros mismos. Un quiero pero sé que no puedo.

  Y no debería ser así. Deja de ser la sombra de tus ilusiones. Que los únicos hilos que te aten sean aquellos que te hacen volar. Y que remachen una sonrisa de hierro en tú día a día. Que la vida ya es demasiado dura como para darle el gusto de que nos deje atrás.

   Irse por la puerta de atrás es de mala educación. Todos deberíamos saberlo.